El esteta arrepentido

El ejecutivo dedeaba el teclado, mecánico. No sentía placer, no sentía nostalgia. Por su ventanal del piso diez se veían los primeros nubarrones de verano amenazando a las casas de tabicón gris, postradas sobre el rostro arrugado de los montes. El sol, oculto en la oscuridad, tiro una hebra de luz que fue a dar a la única casa blanca de la colonia misera. La casa granadina, y un árbol de Vangog, exaltados por unas pocas gotas de luz, llamaron la atención del financiero que dejo de teclear, bajo los brazos del escritorio, poso su mirada mas allá del monitor, alejo la nuca del tórax, estiro la espalda y por fin se paro. Coloco sus manos sobre las cadenas. La oficina, oscura, la silueta, de espaldas y trajeada; el exterior negruzco y total. Cruzando la penumbra, el zarpazo de luz, como un cometa que estalla en chispas sobre la casa. El capitalista, de improviso, jalo el tirante de la persiana, se sentó en el asiento de imitación piel y, de un aplauso, hizo encender la luz automatizada. Siguió tecleando.

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